Atrapar la Verdad: en defensa del Conocimiento Probable

La evolución de la teoría del conocimiento se ha sustentado sobre la eterna discusión entre los que apostaban porque hay verdades, y disponemos de mecanismos eficaces para acceder a ellas, y los escépticos que enfatizaban las enormes dificultades para objetivar conclusión alguna, considerando lo limitado de nuestras capacidades y la complejidad del mundo que tratamos de comprender.

Surfeando en medio de esas dos corrientes, conscientes del debate y engrosando sentimentalmente las filas de uno u otro bando, ha habido siempre defensores muy diversos del conocimiento probable. Carnéades de Cirene, director de esa Academia venida a menos que había abandonado ya a las Ideas platónicas a su suerte, es quizás el padre espiritual de una corriente que en el fondo es la de todos: porque no sabemos si sabemos, pero sí sabemos que lo más sensato es apartarse de las vías del tren si el sonido de locomotora que me transmiten mis falibles sentidos se hace cada vez más ensordecedor.

A esa repetibilidad de la experiencia recurrieron también los estoicos, apelando a las communes notiones de todo ser humano, y hasta David Hume, el indiscutible campeón contra la causalidad (recuerden que es famoso por tratar de convencernos de que no podemos estar seguros, al menos con la certeza de las deducción matemática, de que el sol saldrá cada día), para argumentar que la costumbre y la probabilidad son el fundamento razonable de las decisiones cotidianas.

Hoy, en los tiempos del Data Science, en la era en la que languidecen los expertos como fuente de verdad, lo probabilístico ocupa una posición tan destacada que corremos el riesgo de caer en un nuevo dogmatismo. Así que creo procedente echar un ojo a sus fundamentos, para no olvidar nunca la naturaleza del trabajo de un científico de datos.

Toda la teoría del diseño de experimentos descansa en la probabilidad. Todos los resultados experimentales suelen descansar en un intervalo de confianza: con un 95% de probabilidad, este texto comercial despierta más empatía en los clientes, este precio de producto maximiza los beneficios, o este diseño de producto produce más interés. Pero, ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de confianza?

No voy a dar mas que unas pinceladas intuitivas del aparato matemático que hay detrás de ese intervalo, pero básicamente estamos tratando de calcular la probabilidad de que las diferencias en los resultados obtenidos a favor de una u otra de las opciones que evaluamos sean debidas al puro azar; porque es evidente que si hubiéramos experimentado con otra muestra el resultado hubiera sido diferente, y que hay cuasi infinitas combinaciones de individuos que podrían haber participado en nuestro experimento.

La estadística regula con fórmulas matemáticas un par de ideas bastante intuitivas: i) que si repitiéramos el experimento con diferentes muestras, los resultados se concentrarían alrededor del valor real que estamos persiguiendo, es decir, que la realidad de la población estudiada se nos mostraría irremediablemente; y ii) que si la muestra es suficientemente grande, sería mucho más difícil que los resultados del experimento se alejasen mucho de ese valor real, es decir, las posibilidades que le dejamos al azar para que aparezca caprichosamente una muestra con resultados muy alejados de la realidad son mucho más bajas. Sobre esos mimbres se urden los cálculos que nos llevarán a afirmar o no con significatividad estadística (palabro formal para definir el concepto que trato de explicar aquí) las conclusiones del experimento, y la consiguiente decisión.

En suma, aún en una dinámica correcta de trabajo debes ser consciente de que estás jugando a atrapar la verdad entre los estrechos barrotes del intervalo de confianza, pero que ella no siempre se deja capturar. Más allá de la matemática, distribuciones, probabilidades y muestras, si trabajas sobre experimentos debes tener en cuenta que, aunque lo hayas hecho todo muy bien, siempre es posible que el azar haya arruinado tu trabajo. Aunque el experimento tenga sentido, el diseño sea correcto, y hayas elegido cuidadosamente los participantes para dejar trabajar al azar desnudo, sin sesgos, puede que la diosa fortuna esté muerta de la risa viendo cómo tomas decisiones erróneas porque la muestra que te ha tocado en suerte te señaló la dirección equivocada.

La buena noticia es que tu trabajo, en cualquier caso, habrá merecido la pena. Si has construido una cultura de la experimentación continua en tu compañía esos fallos serán esporádicos, solo un paso atrás en una trayectoria de aprendizaje acumulativo, simples experimentos que eventualmente podrás desechar.

Volviendo a los preliminares de este texto, seamos conscientes de que la complejidad del mundo, y nuestras limitaciones cognitivas, nos impiden llegar más allá; pero afirmemos sin ningún género de dudas que el conocimiento probable es conocimiento, alejado de las certezas irrebatibles y, sin embargo, decididamente eficaz.

Ante la exploración de los datos disponibles para la toma de decisiones, hoy ubicua y masiva, habrá quienes pongan siempre el foco en la falibilidad de los algoritmos, bien porque gustan de ejercer un escepticismo juguetón, bien –y estos son más peligrosos- porque están sentados en verdades irrefutables (muchas veces interesadas) que paradójicamente acostumbran a no justificar con rigor.

En cualquier caso, en esa búsqueda de apoyo experimental para tus decisiones, es necesario que tu estrategia se asiente en los cimientos adecuados. No basta con disponer de datos ni con desplegar algoritmos populares. Sobre todo, y como siempre, es necesario trabajar con inteligencia y desde el dominio de tu ámbito de negocio; es preciso modelar bien la realidad compleja de los procesos que estás tratando de optimizar, para recabar los datos que son útiles, para disparar experimentos en base a hipótesis sensatas, y para visualizar los resultados de forma que sean accionables. Es decir, hay que hacer mucho más que acumular datos y delegar el trabajo en mágicas herramientas tecnológicas para que nos digan qué hay de valor en ellos. Recurriendo a un tópico bien conocido, no basta con abrir la jaula y esperar a que el ansiado pajarito tenga a bien posarse dentro de ella.

Teoría Literaria

A veces uno mismo se adentra por caminos que no hubiera sido capaz de entrever años atrás. Uno de esos itinerarios, a medio camino entre el azar y la necesidad, me ha llevado estas semanas a estudiar teoría literaria (y economía del comportamiento, y metodologías de comprensión lectora, y data science… piezas de otra historia que será contada en otra ocasión) para descubrir un ingrediente esencial que podría convertir en acto una potencialidad (esto no es mío, es de Aristóteles) que llevaba tiempo ahí, hablándome a gritos.

Entonces encuentro un libro (Los Lenguajes de la Identidad), casi al azar, leo la sinopsis con atención y me lo guardo virtualmente como haría cualquier lector digital de bien. Ojeando la introducción me topo con esto:

“¿Por qué necesitamos hoy del pensamiento subversivo? Nuestras sociedades neoliberales han desarrollado diversas estrategias de control. Quizá una de las más poderosas es la que se presenta bajo la forma de saber manipulado y estandarizado que se consume fácilmente. El sujeto subordinado se caracteriza por no ser consciente de su sometimiento ni del control que se ejerce sobre él. Por el contrario, parece vivir de manera plena realizado en el espejismo de lo que podríamos llamar «la libertad de Occidente».”

Y recuerdo un documental de ayer noche sobre Cambridge Analytica, y el habitual desayuno denso de esta mañana con Beatriz (el discurrir del día nos convierte en seres mucho menos lúcidos, pero a esa hora somos imbatibles) y me alegro de poder hacer de mi tiempo algo valioso, aunque eso encaje muy mal con la seguridad económica que nos mantiene en vilo. O no. Y me pongo a pensar si realmente soy un privilegiado, o un sujeto subordinado que disfruta inconscientemente de su subordinación. Y entonces decido parar de sugerirme contradicciones, al menos por hoy.

¿Qué es el dinero?

Cinco libros para desterrar mitos y entender bien cómo funciona el verdadero engrase de la actividad humana.

Entre los elementos con los que todo ser humano conforma su estancia en el mundo hay algunos a los que asociamos la misma estabilidad que al suelo donde pisamos. Su ubicuidad hace que, sin ningún análisis crítico, asumamos inconsciente y equivocadamente que su funcionamiento se asemeja al de las leyes inmutables de la naturaleza.

El dinero es uno de esos elementos. En el día a día los seres humanos nos rebanamos los sesos para buscarlo, acumularlo, disfrutarlo o hacer ostentación de su posesión. Como suprema vara de medir, el dinero define el progreso de nuestra carrera profesional, en él ciframos nuestro éxito vital, a él le confiamos la seguridad de nuestras familias. Y sin embargo, pese a ese halo de fiabilidad, cuestiones relativas al vil metal han provocado cataclismos constantes a lo largo de la historia.

La crisis económica global desatada en 2008, con su aderezo de causas locales y su particular manera de gestionarla en diferentes rincones del mundo, es un ejemplo excelente de estos tsunamis. Cualquier espíritu inquieto con ganas de entender qué ha pasado se topa cada día con una jerga ininteligible: intereses de la deuda, reservas de divisas, rescates bancarios o políticas de austeridad. La economía se está revelando una ciencia infusa de la que debemos dudar, y el rastreo superficial de las causas y los culpables no nos lleva más que a crípticas generalizaciones como “la banca” o “los mercados”.

Diagnosticar qué le pasa a este planeta, qué es lo que no funciona y qué tenemos en nuestra mano para forzarlo a ser un poco menos injusto, pasa inevitablemente por entender bien ese artificio humano llamado dinero. Este esfuerzo de comprensión conduce a descubrimientos fascinantes para cualquier neófito, y son conocimientos que, inexplicablemente, no se enseñan en los colegios ni parecen estar en el corpus básico de saberes esenciales para la vida.

Algunos economistas defienden este oscurantismo porque, al estilo de los falsos mitos de la religión, ayuda a crear dinámicas de comportamiento socialmente útiles para la comunidad. Pero en esta ignorancia se apoyan decisiones que pueden arruinar una vida, en la pervivencia de esos mitos arraigan las sensaciones de vértigo y resignación con las que ahora deambulamos todos. El peligro es que olvidemos qué ha pasado y por qué, camino de una nueva repetición de estos ciclos nefastos.

Este artículo, por una simple cuestión de extensión, no va a resolver todas tus dudas. Como cualquier otro texto en 24stories es una simple incitación a leer, no buscamos otra cosa que indicarte algunas lecturas que te ayuden a entender que:

• El dinero es siempre deuda, un compromiso entre dos partes, y nunca una aséptica mercancía.

• El dinero no tiene (y prácticamente casi nunca en la historia ha tenido) anclaje alguno a algo real. Por supuesto, hace mucho tiempo que no es convertible en oro. Su valor tiene su origen en las obligaciones fiscales impuestas por el estado y que generan la necesidad de poseerlo. Este valor varía, y puede evaporarse si el emisor no es capaz de pagar esa deuda. Sin esa obligación fiscal, su valor tiende a cero irremisiblemente.

• La financiación es una forma de anticipar el reparto del resultado de un proceso productivo (entre el que produce y el que financia). En ese sentido, su invención es uno de los hitos del desarrollo humano. Sin financiación se paralizarían proyectos interesantes, pero ciertos productos financieros se parecen bastante a un casino peligroso e innecesario.

• El dinero se crea cuando el gobierno gasta. Sus pagos son solo apuntes contables en los saldos bancarios de los receptores. Los impuestos, en sentido contrario, eliminan esos apuntes y lo hacen desaparecer. La deuda pública, esa que se estigmatiza como culpable de todos los males, no es más que un instrumento para dinamizar la economía.

• El gobierno de un país soberano que emite su propia moneda no tiene ninguna limitación en la generación de dinero. Nada de lo que se produce y vende en su propia moneda es inasequible. No tiene ningún riesgo de impago de su deuda pública, porque siempre podrá crear asientos contables para cancelar esa deuda y adquirir lo que sea necesario. Un gobierno tiene entre sus atribuciones que su gasto movilice los recursos existentes y ponga a su país a producir la riqueza necesaria para mejorar la vida de sus ciudadanos. No hay peor ineficiencia que el desempleo.

• El exceso de dinero es una de las causas conocidas de inflación e inestabilidad pero, por paradójico que parezca, el contexto puede hacer necesarias inyecciones brutales para garantizar dicha estabilidad. Quienes abogan porque la intervención del estado debe ceñirse a la contención del dinero en circulación suele hacerlo desde el interés de quien está en una situación de privilegio.

La verdadera comprensión de todo esto ilumina decididamente la situación actual. Solo así se entiende bien la cesión de soberanía y capacidad de maniobra que supone renunciar a emitir tu propia moneda, el fallido diseño de la Unión Europea (que da pie a una interesantísima iniciativa paneuropea, promovida Yanis Varoufakis, conocida como DiEM25), la inexplicable sumisión actual de la parte de la economía que produce bienestar a la que solo genera especulación, las nocivas dinámicas pseudoliberalizadoras que arrasan las pequeñas economías del tercer mundo, el privilegio del dólar como moneda mundial de reserva, las alternativas al rescate bancario que se pudieron poner en práctica tras el colapso de las hipotecas subprime… tantas y tantas realidades que consumen portadas y desvelos solo se entienden desde la adecuada comprensión de ese invento que sirve de engrase universal a toda actividad humana.

Estas lecturas conducen a una conclusión muy clara: la arquitectura económica del mundo es profundamente inestable. Sobre la realidad inevitable de que no todos los territorios tienen éxito y generan excedentes, las tensiones provocadas por esas desigualdades no tienen contrapesos automáticos y eficaces. Esas diferencias producen crisis periódicas que son tremendamente traumáticas si no hay alguien que lleve el timón y responda al interés general. La mano invisible del mercado es simplemente eso, invisible, inexistente e inútil.

Volviendo al inicio de este artículo, nada hay en la economía actual que la asemeje a una ley inmutable de la naturaleza, sólo parece responder a la ley del más fuerte. La bandera de todos los que no se resignan, de aquellos que no aceptan sin más las injusticias, debe estar ahora en la reforma de esta arquitectura, impugnando una realidad que se nos vende como incuestionable y no lo es. Lo demás es lo de menos.

Lean cualquiera de los libros de esta pequeña selección, tomen conciencia y partido o desechen sus planteamientos, y tengan cuidado con sus decisiones económicas:

Teoría Monetaria Moderna, de L. Randall Wray, es una académica (y completísima) explicación de la naturaleza del dinero. Además de resultar tremendamente didáctico, detalla exhaustivamente cómo una adecuada forma de entender el dinero explica todo tipo de fenómenos económicos. En sus páginas nos abre la puerta a iniciativas sorprendentes para un mundo más justo. Lectura exigente, pero muy recomendable:

Teoría Monetaria Moderna, de L. Randall Wray

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El oro y el caos, de Kwasi Kwarteng, es una excelente opción para descubrir la historia del dinero. La descripción de las primeras burbujas y los primeros experimentos (fallidos) para crear papel moneda, además de resultar interesantes como relatos, ejemplifican muy bien fenómenos económicos que, no por bien conocidos, han dejado desgraciadamente de estar de actualidad:

El oro y el caos, de Kwasi Kwarteng

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La producción del dinero, de Ann Pettifor, es un estupendo libro que explica eficazmente la necesidad de que el estado controle la generación de dinero y asegure, a tipos de interés sensatos, la disponibilidad de financiación para las buenas iniciativas empresariales. También es un interesante alegato sobre la necesidad de domesticar las actividades puramente especulativas del sector financiero:

La Producción del Dinero, de Ann Pettifor

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Fracaso, de Mark Weisbrot, incluye reflexiones muy interesantes sobre la causas de las crisis recientes del capitalismo global, y detalla la desigual gestión posterior que han tenido esos procesos. Mención especial merecen la incidencia que en esas crisis ha tenido el comportamiento del FMI, y la desastrosa gestión de la crisis del 2008 por parte de la Unión Europea:

Fracaso, de Mark Weisbrot

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Keynes, de Peter Temin y David Vines, es la biografía del padre del pensamiento económico actual, injustamente enterrado por la historia y cuyas recetas siguen ahí, esperando para ser actualizadas a los nuevos tiempos:

Keynes, de Peter Temin y David Vines

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Artículo originalmente publicado para 24stories.com en ¿Qué es el dinero?.

Orgullosos Lectores Digitales

Un manifiesto para expresar nuestro orgullo como lectores digitales, y la alegría de formar parte de esta etapa de evolución de la lectura.

No concibo la vida sin lectura. Los libros han sido siempre fuente de información y compañía, entretenimiento gozoso y eficaz aprendizaje, una forma de vivir experiencias que de otro modo serían ajenas. Sé que soy mejor persona porque soy lector.

En los libros lo verdaderamente irrenunciable son las historias y las ideas que contienen, no el soporte que nos hace llegar a ellas. Porque esas historias e ideas, las que he disfrutado ya y las que descubriré en el futuro, me acompañan también ahora en los dispositivos digitales de lectura. Sé que soy más y mejor lector porque soy también un lector digital.

Sin embargo, escucho últimamente argumentos que no comparto. Mi lectura parece tener menos valor por el hecho de ocurrir en un móvil, en un ereader o en una tableta y, aunque pago por lo que leo, se habla de este consumo como una amenaza para la industria editorial. Además, las nuevas plataformas digitales son demonizadas y los dispositivos son acusados puerilmente de producir problemas visuales, pérdidas de concentración o interrupciones continuas.

En la misma línea, y al respecto de las cifras del mercado, muchos dan por estancado el crecimiento del libro digital y se congratulan efusivamente. A partir de datos tergiversados crean una batalla ficticia papel vs. digital, y sentencian el resultado final cuando solo estamos al comienzo de un proceso apasionante. No sé si es más estúpido extraer conclusiones prematuras o elegir mal al enemigo, pero en cualquier caso se equivocan. Esto no es un conflicto, es una buena noticia para lectores y editores.

Defiendo con orgullo que soy un lector digital, porque somos muchos y queremos más y mejor lectura en unos soportes que tienen infinitas posibilidades. Creo que es una buena noticia que el modelo de negocio del libro impreso no sea el único que sustente en adelante la creación literaria. Creo que un eficaz fomento de la lectura debe adaptar sus estrategias y atender a todo tipo de lectores, leamos donde leamos. El lenguaje escrito, que marcó el inicio de la Historia, debe ocupar su hueco en una nueva era de conectividad universal que está alterando por completo la forma en la que nos comunicamos. La lectura, como forma sublime de comunicación, no se va a quedar atrás, guste o no a los nostálgicos defensores del papel como único soporte para la literatura.

Por todo esto, declaramos que:

1. Nos gusta leer en dispositivos digitales.

2. Nos gusta llevar todos los libros de nuestra biblioteca con nosotros, en la palma de la mano y sin esfuerzo.

3. Nos gusta la inmediatez con la que disfrutamos de la lectura desde que una noticia, un amigo, una imagen o un pensamiento nos incita a leer.

4. Nos gusta que todos los libros lleguen a cualquier rincón del mundo, y que estén disponibles instantáneamente incluso en zonas rurales y apartadas.

5. Nos gusta leer más a un precio más barato. Nos gusta el ahorro de costes que implica eliminar la ineficiente distribución tradicional, esa que transporta e imprime miles de ejemplares que nadie compra y acaban en un vertedero.

6. Nos gustan los dispositivos que aumentan las posibilidades de la lectura. Nos gusta anotar los libros online, ampliar información o acceder a imágenes y videos relacionados mientras leemos. Esperaremos con interés las potencialidades digitales que aún no conocemos y querremos experimentar.

7. Nos gustan los autores y editores que se arriesgan a crear nuevos libros que exploren las nuevas capacidades de estos dispositivos.

8. Nos gusta la socialización digital de la lectura, las posibilidades de hablar sobre libros en Internet, las recomendaciones que intercambiamos con lectores como nosotros, y la pérdida de poder de los prescriptores tradicionales, muchas veces interesados y elitistas.

9. Nos gusta formar parte activa de la fascinante evolución que está experimentando la lectura, sin nostalgia innecesaria.

10. Estamos orgullosos de ser lectores digitales.

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Artículo originalmente publicado para 24stories.com en
Orgullosos Lectores Digitales

¿Lo has hecho lo mejor que podías?

Las memorias de Ngugi wa Thiong´o.

Sueños en tiempos de guerra.

Ngugi wa Thiong´o sube con su padre a una pequeña colina, un desnivel del terreno formado durante años por la acumulación de deshechos, cerca de las chozas de la familia. Es un momento emotivo, por el desafío que tiene ante sí, por los antiguos desencuentros con su padre. Dirigen desde allí la mirada al escenario de su infancia, se intercambian pocas palabras y el adolescente que inicia una nueva vida da por cumplido el motivo de su visita.

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Los misterios de la mente humana me hacen evocar otra escena, la de la imagen que ilustra este artículo. Será la emoción del momento, será África como escenario: “Simba, algún día todo esto será tuyo”. No hay desde luego en la cita de Ngugi con su padre herencia alguna, ni súbditos ni poder que transmitir generacionalmente. Hay sueños modestos pero inquebrantables, forjados lentamente y que hilan todo el texto, el deseo de estudiar, la pasión por los libros.

Hasta ese momento decisivo en que inicia la educación secundaria (detalle que puedo desvelar sin arruinarte la trama, querido lector, dado que el autor fue uno de los favoritos en las casas de apuestas al último Nobel de literatura), Sueños en tiempos de guerra, las memorias de infancia de Ngugi wa Thiong´o, nos relata minuciosamente la vida de un niño keniata de la etnia kikuyu, sus peripecias escolares, su familia y sus amigos. Nada sorprendente si estuviéramos acostumbrados a la poligamia, a los rituales de paso del África subsahariana, a la fuerza de la oralidad como medio de aprender el mundo, a la feliz vida sencilla de los que no tienen nada aunque se permitan el lujo de comer cada día.

Ngugi también escribe sobre la realidad social y política de su país con un cierto distanciamiento. Esa distancia, propia de un niño que lo escucha y lo vive todo como una aventura distante, va desapareciendo según avanzan las memorias. El horror colonialista va ciñéndose sobre él. Lenta pero implacablemente la vida sencilla y los equilibrios económicos que permiten que se desarrolle son alterados. La tradición es injustamente aplastada por la cultura recién llegada de la metrópoli. Desde allí, desde muy lejos, expropian tierras o manipulan precios que acaban por arruinar actividades ancestrales. Hasta el paisaje físico varía, cambian los cultivos y aparecen carreteras para canalizar el saqueo de los recursos.

La colonización deviene en terror, ejecuciones y campos de concentración en cuanto la conciencia de la injusticia produce un movimiento de protesta y orgullo local. Toda esta crónica política está trufada de retratos familiares. No puede ser de otra forma en una familia inabarcable como la suya, con guerrilleros que se echan al monte y miembros de la milicia local de privilegiados que se despliega para reprimir al resto de la población. Todo recuerda a cualquier dictadura, todo está lamentablemente inventado desde hace demasiado tiempo.

Pese a todo, las memorias de Ngugi wa Thiong´o son dulces. El libro trasmite ilusión, resistencia y determinación. Leo a Ngugi y caigo rendido ante Wanjiku, su madre, una “mujer de pocas palabras” que “sabía transmitirles la autoridad del silencio que las precedía”. Trabajadora, independiente y tranquila, segura de sí misma incluso cuando es repudiada, Wanjiku tuvo que asumir ciertos sacrificios para que su hijo pudiera estudiar. Por eso le repite constantemente algo que se convierte en un compromiso irrevocable:

¿Lo has hecho lo mejor que podías? Sí, madre, le digo de corazón, porque sé que en el fondo me está pidiendo que me mantenga fiel a la promesa de seguir soñando incluso en tiempos de guerra.

Leo a Ngugi y empatizo con él más de lo que pude empatizar con nadie hace años durante un viaje a esa zona. Fue una maravillosa ruta senderista hasta la base del Ol Doinyo Lengai, en los alrededores de Lago Natron, y recuerdo la extrañeza de turista occidental con que viví los contactos con algunos poblados masáis. Para acercar realidades tan diferentes también sirve la lectura.

Leo a Ngugi y vuelvo a releer El Hambre, de Martín Caparrós. La historia de África no acabó con los desafíos vitales de Ngugi, convertido ahora en uno de los principales escritores y pensadores africanos (estoy deseando que Rayo Verde edite el segundo volumen de sus memorias). África fue independiente pero eso no detuvo la maquinaria colonial, y en muchos lugares comer acabó siendo la aventura impredecible que tan bien nos describe Caparrós. Colecciono en las apps de 24symbols citas y reflexiones de El Hambre que son como bofetadas para niños ricos del primer mundo, de esos que viajan para conocer el Lago Natron:

Aquella mañana, mirando la procesión silenciosa, digna de madre, tía y abuela con bebé recién muerto caí por enésima vez en esa trampa. Y en el truco de pensar que hay un marco cultural –que debió existir también en Europa hasta hace un siglo o dos– por el cual un matrimonio sabe que para asegurar una cantidad suficiente de hijos debe producir algunos más, prever sus muertes –y que las personas lo aceptan con cierta naturalidad.

El espanto nos recuerda a El Origen de las Especies de Charles Darwin (por cierto, si no la conoces no te pierdas la nueva edición de Nórdica Libros, una de esas joyas que sí merece la pena tener en papel). Solo que aquí no se trata de especies, la selección natural se aplica descarnadamente a gente inocente que puebla continentes enteros. Y somos capaces de soportarlo básicamente porque “para evitar el cinismo, no miramos”, no queda otra defensa ante el tamaño de la vergüenza.

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Leo a Ngugi y recuerdo también una de esas novelitas de Eterna Cadencia que descubrí en 24symbols hace semanas. En Estuve en Lisboa y me acordé de ti, una historia corta y muy bien escrita sobre las desventuras de un emigrante brasileño, Luiz Ruffato, como Ngugi wa Thiong´o, nos narra la ilusión por progresar, pero también el yugo que suponen las condiciones de vida de muchas personas:

Leer el libro

En ambos casos “¿lo has hecho lo mejor que podías?” se convierte en la única exigencia, porque no se dispone de herramientas con las que superar los desafíos. Cuántas veces la lucha por alcanzar sueños sencillos es tremendamente desigual y no hay posibilidades reales de tener éxito. Cuántas personas de tantos sitios tienen la condena previamente escrita, las ilusas ilusiones incumplidas e incumplibles, pasto de su situación, la naturaleza humana y las rigideces de la vida. A veces, solo a veces, es posible esquivar esa condena. Por eso, también, te animo a leer a Ngugi wa Thiong´o.

Artículo originalmente publicado para 24stories.com en
¿Lo has hecho lo mejor que podías?.

100.000 Símbolos

24symbols ha alcanzado los 100.000 suscriptores de pago en las plataformas que opera a nivel internacional en países como Alemania, Rusia, España, Argentina, Estados Unidos, Colombia y Guatemala. Tras los ríos de tinta acumulados alrededor de nuestra propuesta, estos 100.000 lectores son un claro símbolo de que la lectura digital es un servicio que interesa, y de que hay que seguir explorando nuevos canales y modelos de negocio para el sector editorial.

El camino hasta aquí ha sido largo, pero también una muy excitante aventura profesional. Lanzar esta compañía nos ha exigido definir desde cero un modelo de negocio innovador en un entorno disruptivo, desarrollar la tecnología, evangelizar intensivamente en un sector que no conocíamos para disponer de un catálogo de ebooks de calidad, y desplegar modelos de comercialización alternativos para operadoras de telefonía móvil, bibliotecas, librerías o empresas de transporte.

Hemos sido pioneros a nivel mundial adaptando al libro una propuesta centrada en el concepto de servicio, que es algo absolutamente natural en el entorno Internet. Fruto de todo este trabajo, a pecho descubierto y sin grandes corporaciones detrás, son el millón largo de usuarios registrados, los más de 500.000 ebooks en el catálogo, una marca con un razonable reconocimiento, y unos planteamientos que han marcado la senda a los competidores que, en diferentes países y con pequeñas adaptaciones, nos han ido imitando a lo largo de estos años.

Gran parte de estos 100.000 suscriptores de pago, primer indicador real de crecimiento sostenible, nos llegan gracias a importantes acuerdos con operadoras de telefonía móvil como Mobilcom Debitel, Beeline, Orange, Personal, TracFone o Tigo. Estos acuerdos señalan un camino de comercialización de contenidos con infinitas posibilidades y techo aún desconocido. El despegue definitivo de esta línea de negocio dependerá de que sepamos explotar la capacidad, absolutamente infrautilizada, de estas operadoras como canales de comercialización de servicios OTT (over-the-top). La experiencia de estos meses, con las buenas prácticas detectadas y los errores cometidos, nos hacen ser optimistas de cara a la consolidación de la apuesta que hicimos hace tres años por estos compañeros de viaje. Pese al permanente discurso que devalúa la suscripción como camino para el libro digital, o cuestiona su viabilidad económica, estamos orgullosos de afirmar que trabajamos para una compañía que, aún con miles de desafíos y un enorme camino por recorrer, empieza a sostenerse con sus propios ingresos.

¡Gracias por formar parte de nuestra comunidad!

Artículo originalmente publicado para 24stories.com
en 100.000 símbolos.

La vida es lo que pasa mientras descubres buenos libros

Todo lo que ocurre en la vida de un lector le lleva a descubrir nuevos libros. Pienso esto cuando se acercan unas pequeñas vacaciones porque anticipo que disfrutaré de libros que aún no conozco, y desde esa gloriosa certeza me he puesto a recordar cómo me encontré con mis lecturas más recientes. Si me acompañas en estos recuerdos te presentaré algunos libros interesantes y una librería digital, 24symbols.

Frases que son un imán

Buceaba aburrido por Internet cuando cacé, en un blog literario, una lista de novelas y una afirmación rotunda del poeta colombiano Darío Jaramillo:

“El Plantador de Tabaco de John Barth es la mejor novela norteamericana desde 1960”.

Abrí 24symbols y tecleé Barth en el BUSCADOR. Allí estaba la monumental aventura de Ebenezer Cooke, así que lo acompañé intrigado durante un tiempo en sus peripecias de Londres a Maryland. Me ocurre con estas epopeyas que necesito que respiren, las leo voraz a ratos y las dejo dormir durante largos descansos. Esta aún sigue ahí, viva, esperándome a que decida retornar a ella. Y para eso ya no me hace falta llevar siempre el libro encima:

plantador

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Noticias que te dejan confundido

Asistimos en este largo 2016 a sobresaltos continuos. Trump, Colombia, Brexit, formas nuevas para las difíciles contradicciones que alberga la democracia. Nos asalta a muchos la sensación de que hay un mundo estable que se desaparece, y otro diferente que no acaba por llegar. En esas estoy cuando me seduce en prensa la presentación de un libro de Victoria Camps, lo vi también días atrás entre los DESTACADOS que seleccionan los libreros de 24symbols. Elogio de la Duda me atrajo porque hace apología de una actitud vital que en estos tiempos se me antoja obligatoria. Su lectura me acaba pareciendo una refrescante terapia, un lavado mental que nos deja vacunados contra las seguridades fundamentalistas:

Elogio de la Duda de Victoria Camps

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Celebro la catarsis y busco nuevos libros sobre estos desafíos. ¿Habrá algún otro lector en 24symbols con intereses similares a los míos? Busco “Ensayo” y entre otras opciones descubro a Alfredo. He seguido su ESTANTERÍA (basta clickar en FOLLOW) porque creo que me acabará descubriendo grandes lecturas. De momento me apunto para el futuro este sugerente título de David Runciman. La cita que adorna su portada es magistral:

Política de David Runciman

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Amigos que encuentras en librerías

Conocí a una librera en un viaje en Buenos Aires. Su librería es exquisita, y hacen en Eterna Cadencia unos libros preciosos que apetecen sólo con mirarlos. Recuerdo que le pedí una recomendación de su catálogo y me habló maravillas de Gabriela Cabezón Cámara. Marqué al instante sus libros como FAVORITOS en 24symbols y los he leído en cuanto he tenido ocasión. Son muy especiales. Me fascinan la rotundidad y la belleza con la que narra unas historias duras de personajes extraños e hirientes, perdedores que no siempre lo son. Le agradezco la recomendación, y la comparto con vosotros:

La Virgen Cabeza de Gabriela Cabezón Cámara

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Dudas que te asaltan

Fui con mi novia al cine y elegimos Snowden. Dejando de lado recelos y paranoias, descubrí una historia inquietante. Busqué Snowden en 24symbols pero no me atreví con ninguna de las biografías que ojeé. En su lugar me perdí por la CATEGORÍA de “Ciencia y Tecnología” y me topé con Big Data. Resultó un libro casi fundacional, extremadamente motivador, y una excelente reflexión sobre los cambios sociales a los que nos está llevando ya la superabundancia de información digital. Imprescindible:

Big Data de Viktor Mayer-Schönberger y Kenneth Cukier

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Una niña con una tablet

Ocurrió semanas atrás que leía alguno de estos libros en el sofá de casa, mi hija metida de lleno en la tele con las aventuras de Lady Bug. Acabó el capítulo de su heroína y me dice “¿otra vez leyendo, papá?”. Se tumba a mi lado y me quita la tablet en un movimiento instintivo que ya ni peleo. Acaba ella en el sofá pasando las páginas digitales de ¿Quién sabe liberar a un dragón?. Yo, recogiendo la cocina:

¿Quién sabe liberar a un dragón? de Paloma Sánchez Ibarzábal

Leer el libro

No soy fundamentalista de nada, tampoco de los soportes de lectura. Me han acompañado también durante estos meses, en papel, una maravillosa trama del maestro Stephen King (“22/11/63”, ahora convertido en serie de TV), la vuelta a Palestina de Lina Meruane o el gran Richard Parra y sus Niños Muertos. Pero es un hecho que desde que soy de 24symbols ojeo sin miedo cuantos libros quiero, los paladeo y decido si sigo o no con cada lectura. Cada estímulo lector, sea un comentario, una película o una noticia, tiene una respuesta instantánea sacando el móvil y localizando nuevos libros que se convertirán o no en lecturas futuras. Me dejo llevar por el azar o por las recomendaciones de otros lectores en sus estanterías, me ayudan el buscador o las categorías. Y siento que estoy más que nunca rodeado de libros, que me acompañan y me esperan a que tenga un rato libre para entrar en ellos. Cada vez son más esos ratos, porque todo resulta muy fácil. Es indiscutible que desde que soy suscriptor leo más. Y todo a cambio de una pequeña cuota mensual a la que saco un partido tremendo, y que nunca podré comparar con la suma del precio de cada uno de los libros de los que disfruto. La experiencia es mucho más completa, el placer como lector está más allá de ese vulgar cálculo económico.

Artículo originalmente publicado para 24stories.com
en La vida es lo que pasa mientras descubres buenos libros.

Mamá y Claudia y Papá

Pintaba dibujos en el salón de casa con su padre y al lado, en la mente de la madre, se cocinaban las palabras. Yo pintaba y pintaba, acelerando el trazo porque la cabeza no podía centrarse ya en nada que no fuera lo que íbamos a hacer, y en que saliera bien. “¿Otro dibujo, papi?”, dije que no, que íbamos a hacer otra cosa, y se resistió, “¡yo quiero pintar más, papá!”.

La cogí de la mano, “vamos a hablar contigo”. Caminamos hacia la habitación, la madre delante y nosotros de la mano. Su cara en un gesto serio, la boca medio abierta y la mirada expresiva, aturdida, tratando de descifrar en la mía por qué hacíamos algo tan extraño, palpando nuestra preocupación, que es algo que aún no hemos dejado que conozca. La mirada de un padre es siempre certeza para una niña de cinco años.

Nos sentamos en el suelo, ella en el regazo de su madre, yo con la niña de frente. Perfecto para verle la cara, y para que ella no viera la de quien no iba a aguantar sin emocionarse.

“Hace muchos años papa y mamá se conocieron…”. Arranca así, sin preámbulo, un cuento lúgubre, escenificado como un funeral, para una niña feliz que no sabe qué hacer para digerirlo. La madre no se permite la improvisación, por eso es la madre que es, pero por mucho que lo haya preparado suena muy artificial. Es un cuento y suena a justificación “non petita”, a dolor y a miedo, y Claudia lo capta perfectamente.

Hace días, y de esto me entero después, se han sucedido otros preparativos a mis espaldas. Una relación tan especial con la madre tiene como exigencia buscar espacios al margen, y hace días le leyó un cuento sobre unas tortugas, recomendación de Bárbara, la psicóloga. El argumento es muy sencillo, su moraleja también: tortuga de mar conoce a tortuga de tierra, se enamoran y deciden compartir su vida en la orilla, terreno neutral; pero la realidad se impone y la vida allí no les convence, así que deciden volver cada una a donde son realmente felices. Claudia es inteligente y muy exigente consigo misma. Cuando algo no le gusta no quiere hablar de eso. Si ha hecho algo mal, llora si la miras porque no lo acepta, aunque no se lo recrimines. Si algo no le gusta, no existe, y su reacción a la lectura de hace unos días fue esa. Casi no quiso escuchar el cuento, no le gustó, no lo quiso comentar después…

“¿Te acuerdas del cuento de las tortugas?”, le dice su madre incapaz de seguir, dudando de si está explicando las cosas bien y pensando que así todo será más fácil. Claudia lo entiende e inicia un lamento largo que no olvidaré nunca. Creo que ya llevaba semanas entendiéndolo todo, y en el “nooooooo” va la confirmación. Se echa a llorar y abraza a su madre, para esconder la carita en ella y negar.

La madre se salta las fases previstas y le cuenta ya que seguiremos siendo una familia. La niña aguanta poco la tensión, se levanta y se va al salón.

Lo que sigue es muy confuso. Su madre va detrás, yo también. Hablamos de nuevo. Yo digo alguna cosa, en mi rol de reforzamiento del mensaje. La besamos, protesta, cambiamos de lugar en la casa sin mucho orden, vuelve a su habitación, a su refugio. La madre se acerca de nuevo y hablan, yo escucho en el pasillo con el corazón encogido. “¡Te dije que yo no quería eso y no me has hecho caso!”, le dice a su madre. Lo dice gritando, con el tono de complicidad de dos amigas, pero también de reproche hacia quien le ha fallado. Es su forma de explicarnos que sus papás le decimos cómo hacer las cosas y ella intenta cumplir siempre. Es una buena niña, la mejor. Divertida e inteligente, muy intensa, pero buena niña. Y lo que le está diciendo es que esto es lo único importante que ella le ha pedido a su madre en toda su vida, hace unos días tras el cuento de las tortugas, y su madre no ha cumplido.

Intento hablar yo con ella, “seguimos siendo una familia pero con dos casas y dos habitaciones para jugar, vamos a estar mejor así” y la niña va procesando, su cerebro empieza a trabajar. Pregunta y contesto. Se interesa primero por si me va a ver a mi, y me emociono. “Eres lo más bonito que tengo y lo que más quiero en el mundo, y eso va a ser siempre así”, no paro de decírselo cada vez que la veo desde entonces. Los llantos amainan y vuelven a cada rato. Poco a poco va deduciendo las consecuencias que se le vienen encima. Algunas le ilusionan (“¿y voy a tener juguetes en las dos casas?” : ), otras le hacen mucho daño (“¿Y las vacaciones? ¡Yo quiero con los dos!”). Ahora agradezco muchísimo esas vacaciones extrañas que le dimos sabiendo que no habría más.

La niña empieza a pintar algo. Quiere estar sola y salimos a esperar el resultado. En la espera las miradas se cruzan pero no dicen nada porque no saben qué. No es un dibujo, son unas letras en un cuaderno viejo: “Mamá y Claudia y Papá”. Los nombres de los tres los escribe bien hace tiempo y acaba de descubrir la conjunción “y”, que usa todo el rato porque le parece el mejor de los inventos, la magia del lenguaje abriéndose paso. Nos pide que cerremos los ojos, nos deja su obra en la mesa del salón y vuelve a su habitación.

Desde entonces es otra niña. No solo me refiero a que está más calmada, es que es otra niña y ha crecido. Le damos besos, me pide jugar y nos ponemos con unos muñecos. Su madre está al lado, mucho más emocionada, yo me transmuto en príncipe y juego a princesas con sus muñecos. No paramos de sorprendernos. Está contenta, juega y ríe, canta y nos pide cantar. La tarde es ya divertida, el baño espectacular, la cena una fiesta. Su madre se emociona a cada rato, ella le restriega la cabeza para echar fuera las penas como le hace a la inversa en muchas ocasiones. Le leo un cuento, la beso todo el tiempo. Duerme por fin.

Después no hubo cena, sí una larga conversación de los padres que queda fuera de lo que merece la pena ser contado. Y una aclaración que recibo y acaba conmigo. Al lado del “Mamá y Claudia y Papá” la niña ha pegado un montón de gomets, esas caritas sonrientes que usan en el cole para decirle que ha hecho bien las cosas. Antes no le había dado importancia, y entendí el dibujo como una negación. Entendí que era su manera de decirnos que nos quería juntos y no aceptaba el cambio. Su madre me lo aclara, porque se lo ha dicho a ella en la cama antes de dormir. “Mama y Claudia y Papá”. Ella entre los dos, los tres juntos de otra forma, porque si eso es lo que necesitamos para ser felices, ella está con nosotros y va a colaborar. ¡Por eso los “gomets”, las caras contentas! Es lo que lleva realmente haciendo desde que nos entregó el dibujo. En pocos días, y aunque inicialmente no quería que nadie lo supiera, lo estará contando en la asamblea de la extraescolar de psicomotricidad. Se lo contará a las buenas amigas, y responderá con desparpajo si le echan en cara en algún momento por qué falta alguno de sus padres a algún acto. Y lo seguirá haciendo después, en los meses que van de aquella tarde a esta en que lo escribo todo. Lleva desde entonces dándonos lecciones de naturalidad y adaptación. Demostrándonos lo feliz, lo inteligente y lo buena persona que es. Orgullo sin fin de padre enamorado de su hija.

Recuerdo también los días que siguieron porque sentía muy fuerte que le había fallado. Cuando uno es padre le dedica un tiempo enorme a construirle un espacio confortable a su hija. Lo habíamos hecho muy bien con Claudia, pero lo que acabábamos de hacer era lo más parecido a un derrumbe vital, lo más traumático que le podíamos hacer a lo que más queremos en el mundo. Nunca más, me digo. Me pasé el día siguiente comprando muebles para mi nuevo piso, y decidí no ir a trabajar. Lloré como no sé si había hecho antes recordando lo más emotivo, el lamento, su protesta, su carita seria y su estupor, su dibujo y cómo nos lo entregó, los restregones en la cabeza a su madre, su alegría cantando en la cena. Y me emociono, me emociono sin parar. Aún hoy.

También de aquellos días es la decisión de escribirte esto, Claudia. Aquella tarde nos pediste hacer cosas juntos de vez en cuando, nos pediste con los ojos que todo fuera bien y te dijimos que sí. Algún día, mucho más mayor, lo leerás. Quiero que leas esto en ese futuro y espero que pienses entonces que hemos cumplido lo que prometimos. Lo espero de verdad, nada deseo tanto. Y quiero darte las gracias y decirte desde aquí, desde tus tiempos de niña feliz, lo tremendamente orgullosos que nos hiciste sentir en un momento tan difícil. Poco más, mi amor. Nada hubiera tenido sentido si no lo fueras hoy, Claudia, mi niña guapa, una niña feliz.

Aterrizar

Miro por la ventana del avión, negro. Al rato vuelvo a mirar, y la mancha de luces blancas se extiende ancha punteando el ancho negro de antes. O no era el mismo negro…

Estamos llegando, comienza la aventura. O acaba, porque llevo muchos meses preparando esto que concluye así con este viaje eterno sobre el mar. La diferencia es que entonces no me inquietaba saber cómo continuaría la historia a partir de este punto. Ahora sí me inquieta, y todo lo pasado hasta llegar aquí me parece irrelevante.

La ciudad empieza a definirse ahí abajo. Me encuentro a la altura exacta a la que empiezas a intuir coches minúsculos pululando por minúsculas carreteras, aún de arrabales solitarios y probablemente sórdidos. Desde aquí arriba parecen sórdidos. Lo mismo no lo son, pero la posible belleza del lugar parece diluida. Como previsibles parecen los itinerarios de esos coches. Ese de ahí transportará dos o tres personas, quizás una pareja de vuelta de cenar, camino de casa. Y ese otro, ¿será otra pareja haciendo lo mismo? La libertad que ellos experimentan se diluye también aquí. Son una de las mil quinientas catorce parejas que en esa zona vuelven a casa de una aburrida o divertida cena, solos o con amigos. La ruta es la que debe ser, los encuentros entre los coches en los cruces de caminos o en las incorporaciones a las autovías son sólo cuestión de tiempo de salida, puro determinismo. Como los encuentros diarios entre las personas. ¿Irán en ese coche juntos porque hace unos años el azar les puso en un cruce de caminos? Ellos se creían autónomos y libres, seres únicos, pero la unicidad no existe: es siempre cuestión de ampliar el espectro de gente analizada para aplicar el método inductivo y concluir que esa persona única tiene similitudes con otros de su clase. Sus reacciones serán predecibles, como las mías.

Estoy aquí soñando con arrancar de nuevo, deseando aterrizar ahí abajo. Aterrizar me parece ahora sumergirme en ese escenario de actores desconocidos. Me convertiré en otro lemming más de movimientos mecánicos que interactuará con todos ellos. De esos choques resultarán las oportunidades laborales que me permitirán un nivel u otro de vida, las personas que me harán reír o gozar, las ilusiones que mantendrán el cerebro ocupado u adormecido. La ciudad es en sí el guionista de esta función a la que me sumo ahora.

Estoy aquí porque otra ciudad-guionista me canceló el espectáculo, me dejó sin escenas en las que sentirme importante. Yo decidí salir de allí, o eso creía, pero ahora prefiero pensar que es esa ciudad la que me ha consumido y escupido hacia otro lugar. No consiguió nunca que yo aceptara el papel de secundario zombie, desecho, daño colateral. Soy un loser, pero no me podrá negar nadie que soy un loser inconformista. Otros muchos penan, reducidos sus grados de libertad a lo mínimo, se acomodan y adormecen en su miseria o en su opulencia. Para mi aquello ya era un no lugar. Por eso tenía que salir de allí.

¿Estaría atravesando el océano si mi vida anterior, actual hasta ayer mismo, no me hubiera masticado hasta dejarme como esos chicles con sabor a nada? ¿Si ese proyecto que sentía mío lo fuera aún, si el desafío intelectual de adecuar un software comercial a un entorno de cliente no se hubiera convertido en un engranaje que golpeaba a otro engranaje que me empujaba a hacer algo sin creatividad alguna? ¿Si hubiera podido digerir ese sucio y eficiente mecanismo empresarial que me obligaba a hacer una llamada comercial de la que debía tomar datos para cargar en el CRM, que procesaría una controller pizpireta que se reuniría conmigo después para decirme que mi tasa de visitas al mes y leads que progresan al estado de lead cualificado no ha llegado al nivel fijado en el business plan anual? Recuerdo su expresión de necia útil, recuerdo mirarla y pensar “cómeme la polla”, pero no decirlo, porque en el fondo sólo estaba disfrutando de su momento engranaje, tan feliz porque no ha descubierto aún, quizás no lo haga nunca, que su trabajo es basura. Mediocre en su escrupuloso cumplir los procedimientos…

¿Estaría aquí si pudiera ver a mis hijos sin sentirme culpable por no poder verlos? Esa contradicción entre la injusticia que me abrasaba al principio de la separación, y la sensación de estar usurpando algo que no es mío. La alegría por el fin de semana de rigor, cada dos semanas, acabó pareciéndose a esa dosis necesaria que empiezas a no disfrutar a poco de consumir, con el sufrimiento del síndrome de abstinencia iniciándose ya el mismo viernes por la tarde pensando en el Domingo de la áspera devolución de los niños adictivos a su casa, esa casa, mi casa que ya no lo es. Los síntomas los siento ya según empujo el columpio del parque, uno, dos, tres… El tiempo debe ser demasiado poco si cuento hasta los vaivenes de mi chica en el columpio. “Papi, no me miras, ¿qué te pasa?”. Voy a verles mucho menos, pero tampoco podía seguir viéndolos así.

El último asidero fue ella. Como todas las veces que me he enamorado, la misma sensación de eternidad y novedad. Pero esta vez, como siempre, era diferente. Pasó el tiempo y no pudo ser, la vida es muy complicada. Tuvimos que esforzarnos para convencernos de algunas mentiras, pero nunca es difícil engañar a alguien con algo que quiere pensar que es verdad. Tampoco con uno mismo. Nunca faltaron los “te quiero mucho” mientras follábamos, pero eran “te quiero” impotentes. Sinceros y hermosos, pero impotentes. Lejos de esos “te quiero” de los veinte años que arrasaban ciudades enteras, cambiaban vidas y suturaban heridas. Aunque duraran quince minutos. Los “te quiero” maduros de ahora cayeron gordos y acomodados, reposaron felices. No pudieron tampoco retenerme cuando cogí este avión.

Voy a aterrizar en breve y el espacio de la libertad se abre fragante e indeciso. Libre para que el determinismo del azar me asocie con otros pseudolibres, para que interactúe con ellos siguiendo patrones propios de mi tipología de persona y surjan de nuevo posibilidades variadas. Similares. Ocurra lo que ocurra continuaré elaborando el relato de progreso que todos necesitamos para vivir. En breve habré digerido lo que aún no sé digerir para que represente un peldaño más en el camino a un lugar que ahora no imagino. Estoy aquí porque estuve allí, erosionaré las aristas de los vestigios del pasado, interpretaré lo que ocurra con los ojos de lo que hemos aprendido en otras ocasiones y reviviré lo que duele, muchas veces y muy deprisa, para que deje así de sangrar. Como los fantasmas de las películas, podrán mis duelos entonces reposar en paz y estaré tranquilo. Con eso basta. No conviene aspirar a lo que no se puede conseguir, que es el principio básico de la felicidad.

Estamos casi a ras de suelo, oigo el tren de aterrizaje, en breve llegará la sacudida de tomar tierra. Cojo aire y me lleno de optimismo para zambullirme en mi nueva vida. Aterrizamos.

“Sos burrero”

San Isidro es un hipódromo decadente. Más si, encadenados mis habituales retrasos del día, llego allí anocheciendo y transcurrida la carrera más importante de la reunión. El suelo ya está sucio de boletos, el público goteando hacia la salida en cada carrera, la maquinaria de relojería suiza que caracteriza a todo hipódromo de primer nivel luciendo plenamente engrasada, encadenando ensilladero, paddock, cajones de salida, recinto de ganadores…

San Isidro es viejo y enorme. La inmensidad del anillo de carreras, los bosques al fondo, el silencio entre carreras del poco público que queda me transmiten una quietud muy extraña para un escenario que venera la velocidad.

Su decadencia es hermosa, muy hermosa. Me siento en los estropeados asientos de la tribuna, paseo por las salas donde se apuesta, me acerco a la pista, siempre perfecta. “Apostar es fácil”, reza un cartel que obviamente no explica que lo difícil es acertar. En las carreras practico el único handicapping que puedo porque desconozco a los caballos. Elijo a aquel que más me transmite en el paddock, juego unos pesitos, pocos, que me dan una pequeña alegría a la primera con el outsider “Vengador Plus”, que se coloca. Como no tengo asidero para análisis de ningún tipo, me quedo pensando en cómo “Giant Pleasure” gana fácil y se hunde el gran favorito, “Cuento de Hadas”. Malos tiempos para el romanticismo, me digo, y trato de recordar el nombre del caballo de “Poderosa Afrodita”. La noche transcurre agradable, algún ganador derrocha clase por la pista, y disfruto una recta maravillosa entre dos buenos potros, “Exchange Way” y “Señor de la Pila”.

Ninguno de estos pequeños placeres de simple aficionado merecerían que me pusiera a escribir hoy, porque lo especial ocurrió al final. A la salida de San Isidro es noche cerrada, así que camino buscando una parada de taxis y acabo en una estación de tren. El primer taxista de la fila se niega a bajarme a Buenos Aires y así los tres o cuatro de detrás. Es tarde, estamos lejos y ya están pensando en irse a casa. El quinto, que acaba de llegar y me acepta, pregunta extrañado por qué no me baja ninguno.

Coger (perdón, tomar) un taxi en Buenos Aires es siempre una invitación a descubrir de verdad a los argentinos. Dicharacheros y divertidos, con antepasados españoles que cuentan a la primera ocasión, son en muchas ocasiones taxistas ocasionales con vidas variopintas y descalabros económicos en un país que acostumbra a obligar a su gente a reinventarse.

El protagonista de mi historia me pregunta qué hago allí y le digo que soy un aficionado a las carreras que ha venido a conocer San Isidro. Y se desata. Me cuenta que nació a cuatro cuadras del hipódromo, que lleva desde el año 66 yendo regularmente, que recuerda cuando se coló siendo un chaval porque no podía pagar la entrada. Me habla de “Invasor” y de “Candy Ride” (“era una máquina de correr”), héroes locales emigrados para gloria local a USA a coronarse los mejores del momento. Me cuenta la época grande del Carlos Pellegrini y cómo todo Buenos Aires subía a San Isidro a ver la carrera de las carreras. De la situación actual habla con nostalgia, los caballos son vendidos a poco que destacan sin llegar a saborearlos, las agencias de apuestas dejan a muchos aficionados sin llenar las gradas, la situación económica es difícil…

Compartimos experiencias como modestos propietarios. No tuvo mucha suerte: “Necesidad” era muy mala, un “bagre le decimos acá”, su otro caballo no pasó de mediocre. Fue propietario en las épocas en que se lo podía permitir, de cargo alto de una discográfica o dueño de unas “disquerías” que la música digital acabó fundiendo. No sé si hablarle del libro digital, pero al final me animo y sentencia: “ahora vos vas a fundir a las librerías”.

Me pregunta por mi caballo y le hablo de Liniberto. Se le encienden los ojos al decir que nos hizo ganar diez carreras, “un boleto de lotería tuviste”. La alegría es suya ya, y tengo que compartirla. Me pregunta por su distancia ideal, el recorrido que le gusta (“era goloso, puntero goloso, así le decimos acá a los que corren delante”), si corría en arena o pasto. Le cuento cómo son las carreras de Sanlúcar, “qué lindo correr en la playa”.

“¿Cómo dices que se llamaba, Filiberto?”, me pregunta sonriendo. En estas estábamos cuando se pasa la salida hacia Santa Fe y me hace dar un rodeo por Recoleta. Se excusa, me dice que luego me ajusta, y casi lo agradezco porque falta poco para llegar y estamos ahí en plena faena nostálgica.

Llegamos al fin, media hora larga después. Al bajar el taxímetro marca 240 pesos… 220 me dice, por el despiste… bueno, 200, que “sos burrero”. Y nos despedimos (“muy agradable”, “un placer”) con la bonita y absurda sensación de que estamos los dos en la vida en el mismo bando.

Disfruten a Candy Ride: https://www.youtube.com/watch?v=7lJDkGz7p3Y