La Casilla de Salida

Pasamos la vida buscando no hacer pie, y luego nos da vértigo. Así de contradictorios somos.

Cuando te manejas construyendo teorías, no tenerlas a mano es el peor de los desnudos. Sea por experiencia, o por análisis, tejemos reglas sin descanso. Recordamos entonces, y de lejos, la casilla de salida. Ese lugar de ilusión intacta, mirada limpia, desconocimiento absoluto; y ganas enormes de jugar. No es un recuerdo desagradable, pero poco a poco renegamos de él. El armazón teórico nos arropa. Es calentito y seguro.

En el fondo, sabemos que nada importa. Alguien decía que vivíamos trágicamente una realidad que no lo es. El determinismo de morir y desaparecer, el destino común de todos, es demasiado inexpugnable. La indiferencia cósmica de todo cuanto hagamos, la irrelevancia de la más grande de nuestras preocupaciones es tan evidente que nos debería dejar tranquilos mucho tiempo, los dados a un lado. Y sin embargo sufrimos. Nada importa, y sin embargo sufrimos. No sabemos vivir de otra manera. Nos sentimos arropados, pero no lo suficiente.

Así que nos adentramos por caminos que no conocemos creyendo que los tenemos controlados, desde esa pulsión que nos agarra desde dentro y nos empuja a jugar. Nos descubrimos, de repente, buceando en la oscuridad, palpando formas nuevas. Tirando los dados y avanzando felices o infelices por donde ya no sabemos ir, por caminos que van imponiendo su lógica. Hasta que ya no hacemos pie y sentimos vértigo. Pocos sitios como la casilla de salida. La pregunta es ¿cómo se vuelve?.

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